EN TORNO AL CONCEPTO DE COMPETENCIA.
Prof. Carlos Barriga Hernández.
El presente artículo, presenta un largo y detallado análisis de las dificultades que ha tenido el “enfoque” de la educación por competencias desde la concepción del significado del término mismo hasta su propuesta teórico pedagógica.
Barriga Hernández empieza señalando que la definición de “competencia” a la que se va a referir, es la tercera que aparece en los diccionarios: competencia como aptitud. Idoneidad. Así, explica que el término como aptitud, es una capacidad humana que consiste en hacer algo para producir algo tangible. Esto es, la competencia relacionada con el plano del hacer más que del pensar o del sentir, de tal forma que la idea nos conecta más con actividades técnico-productivas que con saberes o valoraciones. “Las competencias – dice el autor- consisten en hacer cosas, no en conocerlas ni en las actitudes que tengamos ante las cosas. Pero…el conocimiento y las actitudes son factores indispensables para el logro de las competencias” (p. 45).
Otro punto que cabe resaltar es lo idóneo del concepto, pues la competencia implica no solo hacer algo, sino hacerlo bien. Entonces diremos que alguien “competente” no es alguien que hace algo, sino alguien que hace bien algo, alguien que logra un producto excelente. Así, nos enfrentamos a una ambigüedad: el uso de la palabra competencia puede referirse: a) al saber los procedimientos para hacer algo y b) al hacer mismo. Barriga Hernández hecha mano de la teoría aristotélica y recuerda que existe una competencia en el sentido potencial y otra en el sentido del acto. El primero nos remite a saber las reglas para hacer algo sin llegar al hacer mismo, mientras que el segundo, se relaciona directamente con la ejecución misma de la acción que lleva a producir lo que se quiere.
La competencia en sentido potencial está ligada al saber procedimental (a la praxis) mientras que el hacer mismo se coloca con la producción directamente, de tal forma que el saber cómo hacer x no implica hacer x y no es posible hacer x sin saber cómo hacer x. La primera condición para hacer algo (x) es saber qué es. El autor subraya que no hay que confundir los términos “concepto” con “saber conceptual” y marca la diferencia diciendo que el “concepto” es una construcción mental del sujeto que se objetiviza en el lenguaje, mientras que el “saber conceptual” es una aprehensión cognitiva por parte del sujeto. Esto es, no aprendemos cosas, aprendemos conceptos de las cosas.
Posteriormente el autor señala que otra condición para el aprendizaje es la actitud para hacer la cosa (x). Destaca claramente que la excelencia se gana cuando existe un interés apasionado por hacer algo.
Pero no basta con que se conozca algo, se sepa hacer, se haga y se haga apasionadamente. Los aprendices tienen que conocer y dominar las reglas para hacer x, es decir, tienen que poseer técnicas. A esto le llama el saber procedimental o saber técnico y de acuerdo a su fundamento, distingue a las técnicas empíricas o artesanales y a las científicas o tecnológicas.
Otro punto importante que menciona el artículo es el relacionado con el saber experiencial, que es el que resulta de la experiencia ganada en la aplicación de las reglas de acción para producir algo (p.48). Es, dice el autor, un saber personal, inconsciente, que solo se adquiere vivenciando algo y es, por tanto, intransferible de forma directa. El saber experiencial es privado. Los saberes conceptuales y procedimentales son públicos (p.49).
Después de una muy detallada argumentación de lo aquí señalado, Barriga Hernández afirma que: “el logro de la competencia para hacer x resulta de la integración por parte del aprendiz de: a) saber conceptual acerca de x; b) las actitudes favorables para hacer x; c) el saber procedimental para hacer x y d) la ejercitación para hacer x”. Esto es, el autor propone un proceso integrativo complejo que no será la simple suma de los puntos anteriores sino un resultado enriquecido y único, para cada individuo.
Ahora bien, en el apartado titulado “Las competencias y la integración en el nivel del aprendizaje y de la enseñanza” (p. 51) el autor hace notar que ni las teorías del aprendizaje ni la psicología del aprendizaje han dilucidado el misterio de cómo un aprendiz integra e introyecta estos aprendizajes y dado que no conocemos el mecanismo de integración, es imposible, desde su punto de vista diseñar una metodología didáctica de la enseñanza integrada del saber conceptual, del procedimental y de las actitudes por lo que apunta:
No podrá haber una didáctica de la enseñanza integrada del los saberes conceptuales, procedimentales y de las actitudes, hasta cuando la psicología del aprendizaje nos diga cómo es que el aprendiz integra en su mente esos saberes y esas actitudes. (p.52).
Casi para terminar su artículo, hace algunas puntualizaciones sobre las actitudes a las que conceptúa como aprehensores y no como contenidos por aprehender, como elementos del sujeto y no del objeto. Es por ello que no pueden estar en el mismo plano que los saberes técnicos o procedimentales.
Finalmente –y después de hacer una argumentación crítica al enfoque por competencias que se practica en Perú, su tierra natal- propone un esquema propio, como resultado de sus anteriores cavilaciones, aclarando que, cada uno de estos pasos, exige una metodología didáctica apropiada a la naturaleza de aquello que se necesita aprender:
a) Presentación de la temática.
b) Motivación (actitudes).
c) Saberes conceptuales.
d) Saberes procedimentales.
e) Ejercitación.
f) Competencia.
Y agrega que, al menos en su país, los docentes no tienen ninguna indicación de cómo empezar y cómo terminar una sesión de enseñanza-aprendizaje que le haga llegar a la competencia que tenía planeada desarrollar en los alumnos. Afirmando que en el Perú existe un gran fracaso escolar debido al desorden por la imposición de formatos de planeación diaria de clase completamente descontextualizados con el enfoque de enseñanza por competencias.
Prof. Carlos Barriga Hernández.
El presente artículo, presenta un largo y detallado análisis de las dificultades que ha tenido el “enfoque” de la educación por competencias desde la concepción del significado del término mismo hasta su propuesta teórico pedagógica.
Barriga Hernández empieza señalando que la definición de “competencia” a la que se va a referir, es la tercera que aparece en los diccionarios: competencia como aptitud. Idoneidad. Así, explica que el término como aptitud, es una capacidad humana que consiste en hacer algo para producir algo tangible. Esto es, la competencia relacionada con el plano del hacer más que del pensar o del sentir, de tal forma que la idea nos conecta más con actividades técnico-productivas que con saberes o valoraciones. “Las competencias – dice el autor- consisten en hacer cosas, no en conocerlas ni en las actitudes que tengamos ante las cosas. Pero…el conocimiento y las actitudes son factores indispensables para el logro de las competencias” (p. 45).
Otro punto que cabe resaltar es lo idóneo del concepto, pues la competencia implica no solo hacer algo, sino hacerlo bien. Entonces diremos que alguien “competente” no es alguien que hace algo, sino alguien que hace bien algo, alguien que logra un producto excelente. Así, nos enfrentamos a una ambigüedad: el uso de la palabra competencia puede referirse: a) al saber los procedimientos para hacer algo y b) al hacer mismo. Barriga Hernández hecha mano de la teoría aristotélica y recuerda que existe una competencia en el sentido potencial y otra en el sentido del acto. El primero nos remite a saber las reglas para hacer algo sin llegar al hacer mismo, mientras que el segundo, se relaciona directamente con la ejecución misma de la acción que lleva a producir lo que se quiere.
La competencia en sentido potencial está ligada al saber procedimental (a la praxis) mientras que el hacer mismo se coloca con la producción directamente, de tal forma que el saber cómo hacer x no implica hacer x y no es posible hacer x sin saber cómo hacer x. La primera condición para hacer algo (x) es saber qué es. El autor subraya que no hay que confundir los términos “concepto” con “saber conceptual” y marca la diferencia diciendo que el “concepto” es una construcción mental del sujeto que se objetiviza en el lenguaje, mientras que el “saber conceptual” es una aprehensión cognitiva por parte del sujeto. Esto es, no aprendemos cosas, aprendemos conceptos de las cosas.
Posteriormente el autor señala que otra condición para el aprendizaje es la actitud para hacer la cosa (x). Destaca claramente que la excelencia se gana cuando existe un interés apasionado por hacer algo.
Pero no basta con que se conozca algo, se sepa hacer, se haga y se haga apasionadamente. Los aprendices tienen que conocer y dominar las reglas para hacer x, es decir, tienen que poseer técnicas. A esto le llama el saber procedimental o saber técnico y de acuerdo a su fundamento, distingue a las técnicas empíricas o artesanales y a las científicas o tecnológicas.
Otro punto importante que menciona el artículo es el relacionado con el saber experiencial, que es el que resulta de la experiencia ganada en la aplicación de las reglas de acción para producir algo (p.48). Es, dice el autor, un saber personal, inconsciente, que solo se adquiere vivenciando algo y es, por tanto, intransferible de forma directa. El saber experiencial es privado. Los saberes conceptuales y procedimentales son públicos (p.49).
Después de una muy detallada argumentación de lo aquí señalado, Barriga Hernández afirma que: “el logro de la competencia para hacer x resulta de la integración por parte del aprendiz de: a) saber conceptual acerca de x; b) las actitudes favorables para hacer x; c) el saber procedimental para hacer x y d) la ejercitación para hacer x”. Esto es, el autor propone un proceso integrativo complejo que no será la simple suma de los puntos anteriores sino un resultado enriquecido y único, para cada individuo.
Ahora bien, en el apartado titulado “Las competencias y la integración en el nivel del aprendizaje y de la enseñanza” (p. 51) el autor hace notar que ni las teorías del aprendizaje ni la psicología del aprendizaje han dilucidado el misterio de cómo un aprendiz integra e introyecta estos aprendizajes y dado que no conocemos el mecanismo de integración, es imposible, desde su punto de vista diseñar una metodología didáctica de la enseñanza integrada del saber conceptual, del procedimental y de las actitudes por lo que apunta:
No podrá haber una didáctica de la enseñanza integrada del los saberes conceptuales, procedimentales y de las actitudes, hasta cuando la psicología del aprendizaje nos diga cómo es que el aprendiz integra en su mente esos saberes y esas actitudes. (p.52).
Casi para terminar su artículo, hace algunas puntualizaciones sobre las actitudes a las que conceptúa como aprehensores y no como contenidos por aprehender, como elementos del sujeto y no del objeto. Es por ello que no pueden estar en el mismo plano que los saberes técnicos o procedimentales.
Finalmente –y después de hacer una argumentación crítica al enfoque por competencias que se practica en Perú, su tierra natal- propone un esquema propio, como resultado de sus anteriores cavilaciones, aclarando que, cada uno de estos pasos, exige una metodología didáctica apropiada a la naturaleza de aquello que se necesita aprender:
a) Presentación de la temática.
b) Motivación (actitudes).
c) Saberes conceptuales.
d) Saberes procedimentales.
e) Ejercitación.
f) Competencia.
Y agrega que, al menos en su país, los docentes no tienen ninguna indicación de cómo empezar y cómo terminar una sesión de enseñanza-aprendizaje que le haga llegar a la competencia que tenía planeada desarrollar en los alumnos. Afirmando que en el Perú existe un gran fracaso escolar debido al desorden por la imposición de formatos de planeación diaria de clase completamente descontextualizados con el enfoque de enseñanza por competencias.